domingo, 12 de junio de 2011

UN DÍA EN LA VILLA

Un puesto de chanfainita a dos soles, una carretilla blanca que vende jugo de naranja y el frío que se intensifica por la humedad limeña, conduce al transeúnte por la avenida Colmena. En su tercera cuadra, y, junto a una iglesia de la orden de los jesuitas, se ubica la muchas veces maltratada pero también querida Universidad Nacional Federico Villareal.
En los escalones de ingreso, vendedores ambulantes ofrecen exámenes de admisión de años anteriores. La multitud estudiantil, muchas veces con el tiempo en contra, muestra su carnet universitario a los vigilantes -comúnmente llamados “guachimanes”- y obtienen acceso a su casa de estudios.
En el interior del local central el primer objeto que salta a la vista es un busto del líder aprista Víctor Raúl Haya de La Torre con un pequeño cerco de metal, colocado a su alrededor. Muchos de los alumnos desconoces al personaje en mención pero otro grupo lo considera en su ideología política.
Hace un par de años este pequeño espacio fue utilizado para una ceremonia aprista donde asistió el Presidente de la República, Alán García Pérez, fecha en la que los “compañeros” de la “Villa” no dudaron en faltar.
Si se camina hacia el lado izquierdo del busto se llega a un pequeño jardín, decorado en su parte central, por una réplica de Lanzón Monolítico utilizado por los alumnos para reuniones o culminaciones de trabajos.
En uno de estos grupos de jóvenes, tres muchachas escriben con plumones sobre un papelógrafo. Se les nota apuradas y tensionadas con miradas que comunican la urgencia que tienen por culminar el trabajo. La más pequeña observa su celular y comenta que sólo quedan 15 minutos para presentar y exponer el papelógrafo. Se levantan y se dirigen al final de un pasadizo que las conduce a otro ambiente de la universidad.
A escasos metros del jardín descrito, se ubican los pabellones donde los alumnos de facultades como Humanidades, Educación, Derecho o Ciencias Sociales estudian día a día. Estos ambientes están pintados de amarillo y naranja. En su fachada están las letras que los identifican. Estas pueden ser A, B, C o D; dependiendo del pabellón al que se quiera dirigir.
Un gran cuadrilátero, como el del dibujo japonés Dragon Ball (utilizado como ring en un torneo de artes marciales), se encuentra en el medio del patio central. Este espacio es usado como punto de encuentro de los estudiantes para que puedan conversar y, muchas veces, descansar luego de un día de trabajos y estudios.
Los jóvenes se alejan y el cuadrilátero queda vacío. Las clases de diferentes cursos han iniciado, algunos alumnos sacan copia de alguna separata o imprimen sus trabajos y otros, como este redactor, van a su aula para narrar como fue otro día en la “Villa”. (ARAMIS CASTRO RAMOS)

ESTOY EN LA VILLARELAX

Dos años y medio de estudios en esta universidad no pueden describir quizá, todo lo que sus paredes han visto transcurrir en más de 50 años. Desde escolares aristócratas hasta universitarios de todas las clases. Desde maestros ortodoxos hasta catedráticos de mente abierta. Así de simple, por complejo que parezca, es “la Villarreal”.  
La única universidad en el corazón de Lima, no es tan difícil de encontrar. La avenida Colmena que la vio nacer, alberga desde ambulantes hasta vendedoras y vendedores del placer al paso. Bares y antros para todos los gustos. Incluso para los más creyentes, la Parroquia Santo Toribio, más conocida como La Inmaculada, está a su costado.
De día parece tranquilo, pero no  hay que confiarse. A unas cuadras está la Plaza Dos de Mayo y las marchas o movilizaciones son pan de cada día. Es el centro de todo y todos. Hay más riqueza informativa que en cualquier otro lugar. ¿Dónde puedes ver convivir a prostitutas con comerciantes a la luz del día? ¿Dónde a trabajadores ambulantes y estacionamientos de colectivos con bares de a sol? ¿Dónde a travestis de todos los colores un lunes por la mañana caminando a las puertas de la universidad? Sólo en los alrededores de “la Villa”.
Fotocopias por doquier, el negocio más rentable, a decir verdad; todos quieren alguna y por más barato que parezca la ganancia es cuantiosa. ¿Alguien se ha detenido a sacar cuentas? Yo sí, vivo mi vida calculando precios, ingresos y egresos. No soy un genio en las matemáticas pero si me dispuse a sacar cuentas sobre ello y me llevé una grandiosa sorpresa. Ese 0.03 céntimos por insignificante que aparente se convierte en cientos de soles al día.
Yo la llamaría la universidad del rojo-marrón. Casi todos sus ambientes hacen juego con esta combinación de color. Su fachada, sus puertas, sus paredes, todo combina perfectamente con el blanco; con el paso de los años echo crema o el marrón que ahora luce naranja.
Quizá sea la única, no lo sé, pero estoy segura, que no hay otra universidad que conserve aún el estilo barroco de la vieja Lima. Tan vieja es, que mantiene los pabellones de largos pasadizos con barandas de madera o metal labrado que parecen desfallecer ante el choque de las manos. Aulas de techos tan altos como de más de tres de metros que minimizan hasta el más de la clase, ni que decir de los bajos de estatura como yo. Que no puedo evitar sentir escalofríos cada vez que cruzo sus pasadizos.
Nos tachan de apristas. Y a quién no le ha pasado. Te preguntan dónde estudias, les respondes Villarreal y te dicen, “ah! apristas” y no hay cura para ello. Aunque no todos piensen igual. Lo único cierto es que el busto dorado que resalta en medio de la entrada principal de la universidad es más que delator. Víctor Raúl Haya de la Torre, es la identificación.
El que llega temprano está “ganado”. Te cruzas con estudiantes ansiosos, apurados y preocupados por entrar lo más antes posible. Nadie quiere llegar tarde. El vigilante que en pocas ocasiones son dos, curiosamente incrementan la angustia, al solicitar en la entrada el carnet universitario y a más de uno le ha pasado, que por apurado no se ha percatado  del piso recién encerado y ha caído al suelo. Y sí que duele. Las mujeres son las más afectadas, nunca falta un ¡cuidado! Debería haber un letrero que diga, piso encerado, no llevar tacones o no correr. En fin a todos nos pasa.
¿Quién no recuerda su primer día en “la villa”? Yo sí y perfectamente, y lo tendré siempre presente. Desorientados, perdidos, nerviosos, impacientes, tímidos, en fin, ahora “cancheros”, orgullosos, contentos, seguros, menos impacientes, pero cada vez más modernos en todos los sentidos. Porque también la universidad es una pasarela, desde maestros y personal administrativo hasta los propios estudiantes. Todos tienen un estilo, un look, algunos más rebeldes, otros un poco más atrevidos, no faltan los cándidos, los deportistas, y también los formales.
No cabe duda que cuando el grupo ochentero de Río cantaba “estar en la universidad es una cosa de locos” el que menos se siente identificado. Y cuando los No Recomendable le canta a la “villarelax” - porque sí, Villarreal tiene una canción – gran parte de lo que dice la letra no se aleja de la realidad: “…Porque estoy en villarelax, en Villareal; en una vil realidad”. (Raquel Tineo Ramos)

EL PRECIO DE SER ESTUDIANTE VILLARREALINO

Por la avenida Colmena se camina una larga cuadra desde el paradero de buses, hacia la vieja casa de la Universidad Federico Villarreal. En el trayecto uno preferiría caminar con los ojos cerrados, pero es imposible dejar de percibir parte de la caótica avenida. Los travestis vestidos con escotadas blusas, minifaldas y tacones, se confunden entre las prostitutas, todas ellas vigiladas bajo la atenta mirada de los serenazgos. Los jaladores con inacabable garganta, llaman a los pasajeros a viva voz, para que el colectivo se vaya de una vez y reciban su propina salvadora que les asegure el desayuno. Es común ver a estudiantes preocupados correr, quizá porque se les hace tarde llegar a clase, o quizá también porque les robaron la billetera.
Una vez llegada a la puerta, dos vigilantes, bien uniformados, se encargan de la seguridad. Uno de ellos pide la identificación respectiva a cada estudiante, mientras que el otro revisa las mochilas a los que se encuentran de salida. A penas logras entrar, te recibe una pequeña gruta donde se encuentra la Virgen María, adornada con unas cuantas rosas blancas. En el patio central es fácil encontrar estudiantes reunidos en grupos, terminando los trabajos a última hora, mientras que parejas de enamorados se recuestan sobre el pasto del jardín sin vergüenza a demostrar su amor. Cuatro pabellones, uno mejor conservado que el otro, albergan a los futuros profesionales. El pabellón de la facultad de Comunicaciones no es una de las que en mejor estado se encuentre. Para subir cada piso, hay que mirar con detalle cada una de las gradas, teniendo cuidado de no tropezar con los baches, los cuales conducirían a una muerte segura. Ya en el tercer piso del pabellón -sano y salvo- te encuentras con la mitad  de alumnos fuera del aula, esperando al profesor. En el aula contigua se encuentra turno mañana. En ella, unos ya miran el reloj para salir, mientras que otros copian apresuradamente la clase de la pizarra. Te puedes asomar por el pequeño agujero de una de sus ventanas, para saludar a los compañeros conocidos.
Los de turno tarde van entrando al salón cuando ven al profesor. Todos ubicados en sus respectivos lugares, como si estuvieran en un cuartel. Curso fácil, temas comprensibles y profesor que se presta para la chacota, así pasa rápida la hora. Exámenes parciales, trabajos en grupo, exposiciones hacen más fuerte en conocimientos a cada uno de los villanos. Se alimentan de experiencia y sociabilidad. Es cierto que el ingreso a la universidad marca un antes y un después en la vida de cada persona. Al salir de clases, la oscuridad de la noche hace más temerosa la calle, por eso la mayoría sale en grupo de compañeros. Uno que otro se da tiempo para tomar un emoliente en la esquina. El paradero poco a poco se va llenando de universitarios. A lo lejos observo el micro de franjas naranjas y amarillas. Subo y en el asiento, ya más relajado, culmino un día más de vida en la Villarreal. (Joshwel Yañez Barrantes)

LIMA SIN REYES

La tenue luz que irradia el invernal cielo limeño es la fiel compañía de la rutina diaria en el corazón de la otrora Ciudad de los Reyes. Cuando voy a la universidad, como ahora, es mi acompañante también. Las calles del centro de Lima que no están en la Plaza de Armas extrañan el señorial estilo de sus épocas doradas. Es como una mala mutación, una metamorfosis que no ha tenido éxito, un intento fracasado de alienación. Mi caminata diaria para llegar a la universidad cruzando la mitad de la avenida Nicolás de Piérola, antes Colmena -sí, hasta eso han querido cambiar- algunas veces produce, y no miento, un recordaris histórico de la Lima Colonial.
Mirando aquel edificio de grandes puertas y adornadas ventanas imagino en él a una elegante “tapada” que, con su coqueta mirada, responde los galanteos de los criollos de la época. En aquella otra casa, de techo muy alto, debe estar descansando un virrey, luego de su labor colonial. En esta misma vereda que estoy pisando, cuando no existía, debió haber pasado un lujoso carruaje cruzando la ciudad.
Pero, mientras el grisáceo cielo limeño, del color de la panza de un burro, oscurece a cada minuto -¡sí, a cada minuto!- como si no soportara la presencia del día, el alboroto del lunes y el smog me recuerdan que vivo en el siglo XXI. Casi no existe la elegancia y nuestra Lima ya ha dejado de ser colonial. Aquellas casonas, finamente esculpidas, yacen abandonadas, sirviendo de asilo a un montón de palomas que no se cansan de defecar. Las antiguas calles de la colonia, cubiertas ahora por un descuidado pavimento, ya no sirven a los carruajes, sino a ticos, taxis, colectivos y un sinnúmero de chatarras móviles que día a día se convierten en los protagonistas del caos vehicular de Lima, eterno problemas de nuestra Municipalidad.
Estoy a una cuadra de la universidad. Antes de cruzar la calle, una mujer con cara de hombre pasa por delante de mí. El olor a cigarro y trago de cantina de barrio no se demoran en hacerse notar. Ella ¿o él?, dobla la esquina y entra a la casona en la que imaginé a una coqueta “tapada”. Mejor es que ya no imaginé más.
Un sereno en bicicleta se detiene a mi costado. Con un forzado aire de poderío observa celosamente a unos ambulantes que ya se van, asustados. Pienso que lo único bueno que se ha hecho por esta ciudad es querer ordenarla. Pienso también que la primera de aquella larga lista de cosas malas que se ha hecho con esta ciudad es, justamente, sólo haber querido hacerlo.
Al costado de la universidad hay una parroquia que en el interior se mantiene muy bien cuidada. Los fieles y la fe jamás morirán. Frente a ella tenemos un casino. Los vicios tampoco morirán. De noche, aunque no lo detallemos en estas letras, frente a esta parroquia tenemos prostitutas para todos los gustos. En la otra esquina funciona el centro cultural de la Universidad Federico Villarreal, mi Alma Máter, mi casa de estudios, mi centro de regocijo intelectual, mi fuente del saber.
Dos cuadras más abajo, el cine Colmena nos instruye en temas carnales con los últimos estrenos del mundo XXX. Es que las calles del centro de Lima que no están en la Plaza de Armas son producto de una mala mutación, una metamorfosis fallida, una mezcla que no ha logrado cuajar. Es un potencial producto, imaginario, que merece ser real. Que los limeños merecen que sea real. Y quizá sea porque sólo éstos, y no los turistas, lo ven, lo viven, lo soportan. O quizá porque el alcalde, o el Presidente, o un embajador, o una autoridad extranjera jamás pase por aquí. Sea lo que fuere, Lima no merece que su cielo gris  se oscurezca cada vez más.(Carlos Estacio)

LA AVENTURA DIARIA DE LLEGAR A LA UNFV

Basta decir “Baja en colmena” para empezar la aventura diaria de un alumno villarrealino. Mientras se camina por esa larga y fría calle llamada muy tradicionalmente avenida Colmena, es un requisito indispensable tener los ojos muy abiertos para que ningún amigo de lo ajeno haga de las suyas. Así se presenta el Centro de Lima, antes punto de encuentro de aristócratas y damas refinadas, y hoy convertida las 24 horas en el refugio de prostitutas y drogadictos.  Así cambió “Colmena”, así cambió el Centro de Lima y aquí se encuentra la Universidad Nacional Federico Villarreal.
Cuatro gatos jugando en los jardines, el infaltable grupo de profesores que charlan frente al busto empolvado de Haya de La Torre y el piso recién encerado son la carta de presentación del local central de la UNFV. Un lugar imponente e incluso glamoroso en un comienzo pero basta caminar por el patio central, las aulas y los pasillos para saber que no todo lo que brilla es oro.
Paredes despintadas, carpetas garabateadas y cajas de cartón convertidos en tachos de basuras. Esa es un aula villarrealina. Aulas con años de experiencia y sabiduría. Aulas donde estudiaron cientos de jóvenes dispuestos a cambiar el mundo y marcar la diferencia, pero no tardaron ni un segundo en darse cuenta que no lograrían eso.  Jóvenes que extrañan con nostalgia sus días universitarios.
Una parte primordial de la rutina villarrealina es la hora de almuerzo. Existen lugares para todos los gustos y bolsillos. Ubicado en la avenida Tacna se encuentra Tottus, lugar que recibe a una exclusiva minoría que se hace un espacio en sus bolsillos y se da el gusto de almorzar en uno de los pocos lugares que cuenta con registro de sanidad.  El término medio de los bolsillos es el comedor de la UNFV, un aula convertida en el lugar de descanso para los alumnos. El ruido ambiental es el pan de cada día y para la mayoría de los alumnos terminar su almuerzo significa el comienzo de sus clases diarias.
El jirón Cañete se ha ganado el cariño de los villarrealinos. Locales llenos de papeles, computadoras, olor a tinta y monografías sin terminar. Desde muy temprano los grupos de alumnos se reúnen con caras malhumoradas y con sueño. Saben que es solo el comienzo del día, y para la mayoría, su rutina por los próximos cinco años que les queda en la emblemática UNFV.  (María del Pilar Olivo Bustos) 

LA ENTRADA DE TODOS LOS DÍAS

Te recibe una cabeza dorada que está suspendida en el aire. Te ofrece tres caminos, todos dirigidos hacia delante. Puedes ir por el centro, la izquierda o la derecha.  Me recibe con aire funesto, me invita a saber quien es este personaje, que sin decir nada me ordena preguntarle quién es.

Pómulos saltados, seño fruncido y no se sabe si mira hacia delante o hacia abajo, porque no tiene ojos, solo están delineados.

Si decido ir por la izquierda, encontraré tres escenarios de batallas de reyes y peones, tres cuadriláteros con los puestos de combate donde se supone se sitúan los almirantes en cada cuadrante.

Estos preceden a una gran lanza de más de dos metros de altura. Son leones, pumas, semidioses, todos de piedra. Todos están en esta lanza. Se encuentra por delante de los cuadriles rodeado por diminutos bosques.

Si quiero ir por la derecha, el escenario es muy distinto y similar a la vez. Encuentro un escudo que atrapa a un ser antropomorfo, de grandes colmillos y pequeñas piernas. Tiene muchos ¿cuernos?, ¿brazos?, no se que son esas especie de tentáculos que salen de casa costado de su cabeza.

Lo que sé de él es que es un ser igual de dominante que los anteriores, está casi escondido entre ramas y se encuentra dentro de una pileta, que nunca tiene agua.

En este camino también hay tres cuadriláteros, pero situados a un costado del escudo de forma horizontal, al contrario del camino de la izquierda que los cuadriláteros están de manera vertical frente a la lanza.

Pero, si quiero ir por el camino del centro. Es un camino donde los brillos del sol no llegan como en los dos anteriores. Tampoco tiene bosques diminutos.

Es un zigzagueante piso de cuadrados, es una cueva con muchas entradas a sus lados. Tengo que rodear a la cabeza del medio, la que tiene la sabiduría tatuada en las arrugas de la frente, para poder pasar por esta caverna de techo alto, donde al final se ve una luz, la misma luz que ven los recién muertos para llegar al descanso eterno, es la misma situación que tengo, en realidad el mismo sentimiento que tengo al pasar los dos minutos que me toma atravesar la cueva.

Todo es lo que tiene aquella entrada, con dos caminos más, circundantes de una sola curva, que te llevan a estar más cerca del cielo, donde tienen un número mayor de alternativas por donde ir, pero que solo son caminos y nada más, tienes que atravesarlos para llegar al mismo destino que te llevan los caminos de la tierra. Pero no tienen emoción, no hay aventura.

Esta es la entrada aquel sitio, esta seria la entrada si tuviese siete años, pero no los tengo, ya no manifiesto mis demonios creando mundos paralelos, ya no veo las cosas como un juego, menos en este sitio.

Me recibe el busto de Víctor Haya, está esculpida en bronce. Símbolo del aprismo, del antiguo izquierdismo peruano. Todo peruano puede reconocer a Víctor Raúl Haya de la Torre, todo el que sabe quien es por lo menos. Detrás de él, hay un pasadizo, con diversas oficinas, pasadizo que al final se encuentra en el patio central.

El camino por la derecha me lleva a un segundo patio donde hay tres mesas que tienen tableros de ajedrez y se encuentra una replica de la Estela de Raymondi, aquella muestra de la cultura Chavín.

A la derecha también hay tableros de ajedrez y árboles como en el escenario anterior. Allí se encuentra el lanzón monolítico, otro emblema de la cultura Chavín. Este es el tercer patio de la Universidad

Esta es la entrada que atravieso todos los días para llegar a mis clases en la Universidad Federico Villarreal. Aunque la mayoría de ocasiones me voy por una de las dos escaleras que están a los lados del busto de Haya de la Torre, por que me parece más tranquilo ir por ahí. (Antonio Seminario Arevalo)

LA COLMENA, LA “HORRIBLE”

Bajo el brillo del sol limeño, es una “selva de cemento”. Conformado por antiguos edificios mal pintados, semáforos amarillos, fachadas descascaradas, pistas y paredes símiles a los peores y mal olientes urinarios públicos, y sin duda, un tráfico ‘de la patada’, que sumado al concierto insoportable de los claxon, aumentan más el caos. Este es el ambiente de una avenida, que décadas atrás era aristócrata, glamurosa; pero que hoy en día es una colmena de ambulantes, profesores, volanteros, universitarios, prostitutas y ‘choros’ al acecho.
Sí, hablo de la avenida Colmena, que bajo la luna no es más que lugar para prostitutas vestidas como actrices de telenovela y para ladrones encapuchados  listos para hacer de las suyas. Y no me olvido de los centros nocturnos, los populares “a sol la barra”, las apestosas cantinas, los tragamonedas y las discotecas de “ambiente”.  Esta es la realidad limeña. Y parafraseando a un autor diría que es Colmena, “la horrible”. 
Me acuerdo del último 18 de mayo de este año, era la una de la tarde. Me venía del Callao hasta la Plaza Dos de Mayo, con el apuro de querer  llegar puntual a la clase de Reportaje de TV en la Universidad Villarreal. Bajé de la combi  (que más parece ser una discoteca a ruedas por el volumen de su música) y empecé a correr. Esquivé a los volanteros que promocionan cursos  de música vernacular, lo de los “chamanes” y a los de “impotencia sexual”. Y recorrí en un minuto la última cuadra de la avenida Colonial hasta la mitad de la primera cuadra de Colmena, ahora Nicolás de Piérola.
Desde ese punto divisé mi institución. No, no es una antigua iglesia colonial. Tampoco es un sucio templo sagrado. Y mucho menos el “point” de seguidores de Haya. Es la Universidad Federico Villarreal. Una edificación barroca de color granate y crema, que no le caería mal unos ‘brochazos’ más, acompañada de una antigua iglesia y un museo subterráneo. Divisé también sus gradas símiles a las de “La Catedral” y sus rejas de parque histórico. Así como el mismo señor que grita diariamente “Zapallal-Puente Piedra” en la esquina de Cañete.
Una y cinco de la tarde. Mi corazón ya iba a ritmo de reggae y mi rostro evidenciaba la desesperación y las gotas de sudor. Subí las gradas, saqué mi carnet para que sea supervisado por el inquieto e insistente vigilante de la puerta principal. Tres segundos y adentro.
Me recibe una virgen, unos gatos y principalmente: el retrato bronceado de Haya de La Torre en plano busto. Inmediatamente fui a paso ligero por las escaleras lustradas y llego al tercer piso. Agitado, cansado logro observar a mis compañeros fuera del salón. Tranquilos, relajados, parlanchines. “El ‘profe’ aún no llega” comentó uno de ellos, luego de extenderle mi mano. Entré al salón y dejé mi mochila.
Sentí una tranquilidad completa. No sé si por la ausencia del profesor o por mi rápida llegada. Me arrepentí por un momento. Quizá porque me hubiera tomado unos minutos para comerme una ‘causita’ o ‘una papita con huevo’. Tal vez, me hubiera quedado impregnado en los titulares de los quioscos de la avenida o quizá hubiera disfrutado el arroz con pollo que comí con presura en mi casa. Así es la vida. Un caso de la vida real, diría mejor: un caso de la Villarreal. (José  Sifuentes).