domingo, 12 de junio de 2011

LA COLMENA, LA “HORRIBLE”

Bajo el brillo del sol limeño, es una “selva de cemento”. Conformado por antiguos edificios mal pintados, semáforos amarillos, fachadas descascaradas, pistas y paredes símiles a los peores y mal olientes urinarios públicos, y sin duda, un tráfico ‘de la patada’, que sumado al concierto insoportable de los claxon, aumentan más el caos. Este es el ambiente de una avenida, que décadas atrás era aristócrata, glamurosa; pero que hoy en día es una colmena de ambulantes, profesores, volanteros, universitarios, prostitutas y ‘choros’ al acecho.
Sí, hablo de la avenida Colmena, que bajo la luna no es más que lugar para prostitutas vestidas como actrices de telenovela y para ladrones encapuchados  listos para hacer de las suyas. Y no me olvido de los centros nocturnos, los populares “a sol la barra”, las apestosas cantinas, los tragamonedas y las discotecas de “ambiente”.  Esta es la realidad limeña. Y parafraseando a un autor diría que es Colmena, “la horrible”. 
Me acuerdo del último 18 de mayo de este año, era la una de la tarde. Me venía del Callao hasta la Plaza Dos de Mayo, con el apuro de querer  llegar puntual a la clase de Reportaje de TV en la Universidad Villarreal. Bajé de la combi  (que más parece ser una discoteca a ruedas por el volumen de su música) y empecé a correr. Esquivé a los volanteros que promocionan cursos  de música vernacular, lo de los “chamanes” y a los de “impotencia sexual”. Y recorrí en un minuto la última cuadra de la avenida Colonial hasta la mitad de la primera cuadra de Colmena, ahora Nicolás de Piérola.
Desde ese punto divisé mi institución. No, no es una antigua iglesia colonial. Tampoco es un sucio templo sagrado. Y mucho menos el “point” de seguidores de Haya. Es la Universidad Federico Villarreal. Una edificación barroca de color granate y crema, que no le caería mal unos ‘brochazos’ más, acompañada de una antigua iglesia y un museo subterráneo. Divisé también sus gradas símiles a las de “La Catedral” y sus rejas de parque histórico. Así como el mismo señor que grita diariamente “Zapallal-Puente Piedra” en la esquina de Cañete.
Una y cinco de la tarde. Mi corazón ya iba a ritmo de reggae y mi rostro evidenciaba la desesperación y las gotas de sudor. Subí las gradas, saqué mi carnet para que sea supervisado por el inquieto e insistente vigilante de la puerta principal. Tres segundos y adentro.
Me recibe una virgen, unos gatos y principalmente: el retrato bronceado de Haya de La Torre en plano busto. Inmediatamente fui a paso ligero por las escaleras lustradas y llego al tercer piso. Agitado, cansado logro observar a mis compañeros fuera del salón. Tranquilos, relajados, parlanchines. “El ‘profe’ aún no llega” comentó uno de ellos, luego de extenderle mi mano. Entré al salón y dejé mi mochila.
Sentí una tranquilidad completa. No sé si por la ausencia del profesor o por mi rápida llegada. Me arrepentí por un momento. Quizá porque me hubiera tomado unos minutos para comerme una ‘causita’ o ‘una papita con huevo’. Tal vez, me hubiera quedado impregnado en los titulares de los quioscos de la avenida o quizá hubiera disfrutado el arroz con pollo que comí con presura en mi casa. Así es la vida. Un caso de la vida real, diría mejor: un caso de la Villarreal. (José  Sifuentes).

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