Basta decir “Baja en colmena” para empezar la aventura diaria de un alumno villarrealino. Mientras se camina por esa larga y fría calle llamada muy tradicionalmente avenida Colmena, es un requisito indispensable tener los ojos muy abiertos para que ningún amigo de lo ajeno haga de las suyas. Así se presenta el Centro de Lima, antes punto de encuentro de aristócratas y damas refinadas, y hoy convertida las 24 horas en el refugio de prostitutas y drogadictos. Así cambió “Colmena”, así cambió el Centro de Lima y aquí se encuentra la Universidad Nacional Federico Villarreal.
Cuatro gatos jugando en los jardines, el infaltable grupo de profesores que charlan frente al busto empolvado de Haya de La Torre y el piso recién encerado son la carta de presentación del local central de la UNFV. Un lugar imponente e incluso glamoroso en un comienzo pero basta caminar por el patio central, las aulas y los pasillos para saber que no todo lo que brilla es oro.
Paredes despintadas, carpetas garabateadas y cajas de cartón convertidos en tachos de basuras. Esa es un aula villarrealina. Aulas con años de experiencia y sabiduría. Aulas donde estudiaron cientos de jóvenes dispuestos a cambiar el mundo y marcar la diferencia, pero no tardaron ni un segundo en darse cuenta que no lograrían eso. Jóvenes que extrañan con nostalgia sus días universitarios.
Una parte primordial de la rutina villarrealina es la hora de almuerzo. Existen lugares para todos los gustos y bolsillos. Ubicado en la avenida Tacna se encuentra Tottus, lugar que recibe a una exclusiva minoría que se hace un espacio en sus bolsillos y se da el gusto de almorzar en uno de los pocos lugares que cuenta con registro de sanidad. El término medio de los bolsillos es el comedor de la UNFV, un aula convertida en el lugar de descanso para los alumnos. El ruido ambiental es el pan de cada día y para la mayoría de los alumnos terminar su almuerzo significa el comienzo de sus clases diarias.
El jirón Cañete se ha ganado el cariño de los villarrealinos. Locales llenos de papeles, computadoras, olor a tinta y monografías sin terminar. Desde muy temprano los grupos de alumnos se reúnen con caras malhumoradas y con sueño. Saben que es solo el comienzo del día, y para la mayoría, su rutina por los próximos cinco años que les queda en la emblemática UNFV. (María del Pilar Olivo Bustos)

No hay comentarios:
Publicar un comentario