Por la avenida Colmena se camina una larga cuadra desde el paradero de buses, hacia la vieja casa de la Universidad Federico Villarreal. En el trayecto uno preferiría caminar con los ojos cerrados, pero es imposible dejar de percibir parte de la caótica avenida. Los travestis vestidos con escotadas blusas, minifaldas y tacones, se confunden entre las prostitutas, todas ellas vigiladas bajo la atenta mirada de los serenazgos. Los jaladores con inacabable garganta, llaman a los pasajeros a viva voz, para que el colectivo se vaya de una vez y reciban su propina “salvadora” que les asegure el desayuno. Es común ver a estudiantes preocupados correr, quizá porque se les hace tarde llegar a clase, o quizá también porque les robaron la billetera.
Una vez llegada a la puerta, dos vigilantes, bien uniformados, se encargan de la seguridad. Uno de ellos pide la identificación respectiva a cada estudiante, mientras que el otro revisa las mochilas a los que se encuentran de salida. A penas logras entrar, te recibe una pequeña gruta donde se encuentra la Virgen María, adornada con unas cuantas rosas blancas. En el patio central es fácil encontrar estudiantes reunidos en grupos, terminando los trabajos a última hora, mientras que parejas de enamorados se recuestan sobre el pasto del jardín sin vergüenza a demostrar su amor. Cuatro pabellones, uno mejor conservado que el otro, albergan a los futuros profesionales. El pabellón de la facultad de Comunicaciones no es una de las que en mejor estado se encuentre. Para subir cada piso, hay que mirar con detalle cada una de las gradas, teniendo cuidado de no tropezar con los baches, los cuales conducirían a una muerte segura. Ya en el tercer piso del pabellón -sano y salvo- te encuentras con la mitad de alumnos fuera del aula, esperando al profesor. En el aula contigua se encuentra turno mañana. En ella, unos ya miran el reloj para salir, mientras que otros copian apresuradamente la clase de la pizarra. Te puedes asomar por el pequeño agujero de una de sus ventanas, para saludar a los compañeros conocidos.
Los de turno tarde van entrando al salón cuando ven al profesor. Todos ubicados en sus respectivos lugares, como si estuvieran en un cuartel. Curso fácil, temas comprensibles y profesor que se presta para la chacota, así pasa rápida la hora. Exámenes parciales, trabajos en grupo, exposiciones hacen más fuerte en conocimientos a cada uno de los “villanos”. Se alimentan de experiencia y sociabilidad. Es cierto que el ingreso a la universidad marca un antes y un después en la vida de cada persona. Al salir de clases, la oscuridad de la noche hace más temerosa la calle, por eso la mayoría sale en grupo de compañeros. Uno que otro se da tiempo para tomar un emoliente en la esquina. El paradero poco a poco se va llenando de universitarios. A lo lejos observo el micro de franjas naranjas y amarillas. Subo y en el asiento, ya más relajado, culmino un día más de vida en la Villarreal. (Joshwel Yañez Barrantes)
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