La tenue luz que irradia el invernal cielo limeño es la fiel compañía de la rutina diaria en el corazón de la otrora Ciudad de los Reyes. Cuando voy a la universidad, como ahora, es mi acompañante también. Las calles del centro de Lima que no están en la Plaza de Armas extrañan el señorial estilo de sus épocas doradas. Es como una mala mutación, una metamorfosis que no ha tenido éxito, un intento fracasado de alienación. Mi caminata diaria para llegar a la universidad cruzando la mitad de la avenida Nicolás de Piérola, antes Colmena -sí, hasta eso han querido cambiar- algunas veces produce, y no miento, un recordaris histórico de la Lima Colonial.
Mirando aquel edificio de grandes puertas y adornadas ventanas imagino en él a una elegante “tapada” que, con su coqueta mirada, responde los galanteos de los criollos de la época. En aquella otra casa, de techo muy alto, debe estar descansando un virrey, luego de su labor colonial. En esta misma vereda que estoy pisando, cuando no existía, debió haber pasado un lujoso carruaje cruzando la ciudad.
Pero, mientras el grisáceo cielo limeño, del color de la panza de un burro, oscurece a cada minuto -¡sí, a cada minuto!- como si no soportara la presencia del día, el alboroto del lunes y el smog me recuerdan que vivo en el siglo XXI. Casi no existe la elegancia y nuestra Lima ya ha dejado de ser colonial. Aquellas casonas, finamente esculpidas, yacen abandonadas, sirviendo de asilo a un montón de palomas que no se cansan de defecar. Las antiguas calles de la colonia, cubiertas ahora por un descuidado pavimento, ya no sirven a los carruajes, sino a ticos, taxis, colectivos y un sinnúmero de chatarras móviles que día a día se convierten en los protagonistas del caos vehicular de Lima, eterno problemas de nuestra Municipalidad.
Estoy a una cuadra de la universidad. Antes de cruzar la calle, una mujer con cara de hombre pasa por delante de mí. El olor a cigarro y trago de cantina de barrio no se demoran en hacerse notar. Ella ¿o él?, dobla la esquina y entra a la casona en la que imaginé a una coqueta “tapada”. Mejor es que ya no imaginé más.
Un sereno en bicicleta se detiene a mi costado. Con un forzado aire de poderío observa celosamente a unos ambulantes que ya se van, asustados. Pienso que lo único bueno que se ha hecho por esta ciudad es querer ordenarla. Pienso también que la primera de aquella larga lista de cosas malas que se ha hecho con esta ciudad es, justamente, sólo haber querido hacerlo.
Al costado de la universidad hay una parroquia que en el interior se mantiene muy bien cuidada. Los fieles y la fe jamás morirán. Frente a ella tenemos un casino. Los vicios tampoco morirán. De noche, aunque no lo detallemos en estas letras, frente a esta parroquia tenemos prostitutas para todos los gustos. En la otra esquina funciona el centro cultural de la Universidad Federico Villarreal, mi Alma Máter, mi casa de estudios, mi centro de regocijo intelectual, mi fuente del saber.
Dos cuadras más abajo, el cine Colmena nos instruye en temas carnales con los últimos estrenos del mundo XXX. Es que las calles del centro de Lima que no están en la Plaza de Armas son producto de una mala mutación, una metamorfosis fallida, una mezcla que no ha logrado cuajar. Es un potencial producto, imaginario, que merece ser real. Que los limeños merecen que sea real. Y quizá sea porque sólo éstos, y no los turistas, lo ven, lo viven, lo soportan. O quizá porque el alcalde, o el Presidente, o un embajador, o una autoridad extranjera jamás pase por aquí. Sea lo que fuere, Lima no merece que su cielo gris se oscurezca cada vez más.(Carlos Estacio)
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