miércoles, 15 de junio de 2011

EL ANTIGUO DEPORTE LLAMADO POLÍTICA

Nada se parece más a un mitin que un clásico de fútbol. En él las barras bravas también existen, las banderolas, las caras pintadas, el comercio ambulatorio, el bombo, los cánticos, las agresiones físicas y verbales. Un equipo encabezado por un carismático capitán y un equipo contrario al cual odiar y despotricar. Y es que en el Perú, el sentimiento político es tan o más fuerte que la pasión por el fútbol aunque no lo querramos admitir.

         ¡Urgente, urgente, Ollanta presidente! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede! ¡Aquí, allá el miedo se acabó! Esas fueron las voces que se escucharon aquel viernes en los cuatro extremos de la plaza San Martín. Los organizadores no lo llamaban precisamente como un mitin, aunque lo era, sino  una fiesta de grupos de pintores, cantantes, bailarines y unos que otros entusiastas oradores que calentaban la tribuna con las previas discusiones acerca del Estado, el empleo, la salud y la economía. Todos ellos unidos con una sola consigna: hablar, escuchar, amar y defender las propuestas del candidato presidencial de Gana Perú, Ollanta Humala.

         Nunca asistí a un mitin. Pensé que las seis de la noche era una hora prudencial para iniciar mi trabajo. La plaza estaba llena en sus dos terceras partes. Aproximadamente cuatro mil a cinco mil personas. Me acerqué a lo primero que vi. Un grupo de cuatro hombres de avanzada edad discutían si vendría o no el candidato a la presidencia. “Si viene, tiene que venir…”. Uno de ellos me explicó lo importante que era votar por el comandante. “No queremos al chino devuelta en palacio. ¿Tú crees que va ser su hija quien nos gobierne? Hay que ser muy ingenuos para pensar así”. El rostro se le transformaba, sus ademanes eran más eufóricos a medida que su voz se hacia más grande y bulliciosa. De los cinco que escuchábamos poco a poco se acercaron más personas por natural curiosidad. Intenté salir de allí sin desairar al orador. Tenía para rato. Cuando por fin tomó aire para retomar el discurso le ofrecí las gracias y me fui.

         Me acerqué al estrado. Medía más de ocho metros de alto y treinta de largo. Los instrumentos musicales estaban colgados estratégicamente. La batería, el piano, y las trompetas en la parte trasera de la tarima y los micrófonos, guitarras y bongos en la parte posterior. El primer grupo en tocar fue de música criolla. La algarabía comenzó a expandirse cada vez más. A partir de las ocho de la noche la plaza parecía lucir en su máxima capacidad de aforo. Yo calculé más de siete mil a ocho mil personas. Cuando terminó el show criollo apareció en escena un grupo de rock: Rafo Raez y Los paranoias. Tocaron cuatro temas de los cuales ninguno conocía pero aun así las estimé. Subió a la tarima Manuelcha Prado, un sujeto de cabellos largos y barba profusa, vestido con su traje típico ayacuchano y una guitarra chillona que pronto empezó a sonar. Su primera tonada encendió la emoción del público. Quise mantenerme neutral. Ser inmune al acervo popular. No pude. Recordé a Sigmund Freud cuando sostenía que el ser humano no siempre se comporta igual como individuo que como parte de una colectividad. Cuando menos lo pensé las manos ya las tenia arriba. Intenté tranquilizarme. Escuché los versos de Manuelcha que decían así: “La tele basura se mete a mi casa sin ser invitada”. Se avivó aun más el griterío y todos a una sola voz vociferaban: ¡PRENSA BASURA! ¡PRENSA BASURA! ¡PRENSA BASURA! Grité sin pudor alguno aquel lema que luego me devolvería a la realidad. Continuó sus versos pero esta vez en voz quechua. No entendía nada pero aun así me gustó.

         A las nueve de la noche anunciaron la llegada de Ollanta.  Subió a la tarima entre los aplausos, con una sonrisa infinita y una camisa tan blanca como una bandera de paz. “Esta fiesta es de ustedes los jóvenes y a ustedes debe ir el agradecimiento”. Fueron solo unos minutos los que habló Ollanta. Luego de arengar por el nacionalismo y la justicia social se dejo tomar fotos por un séquito de fotógrafos y camarógrafos que pugnaban por registrar el mejor ángulo posible. Llamo a su esposa e hijas y junto con ellas y otros invitados improvisaron un trencito al ritmo de una canción andina. En la tarima la felicidad era total. Con la melodía de fondo y con una señal de victoria el candidato nacionalista se despidió de los asistentes.

         Al dar por terminada su participación de Ollanta en el evento, la mayoría de los simpatizantes de Gana Perú decidieron abandonar la plaza San Martín. Fue un efecto inmediato. Como en un clásico Universitario de Deportes - Alianza Lima ya con los equipos en los camerinos a las barras sólo les queda dejar el local.  (Erick Maycor Sánchez Noriega)

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