Y me encontré en la avenida Nicolás de Piérola, conocida también como La Colmena es una arteria que alberga entre sus calles al histórico Hotel Bolívar y a la Universidad Nacional Federico Villarreal. Fachadas que se desmoronan por la humedad, prostitutas que transitan con diminutas prendas, lustrabotas, emolienteros, volanteros, en esta Lima que se jodió desde mucho antes que el APRA o el Fujimorismo llegara y, ahora nosotros los jóvenes luchamos por sacar al Perú adelante, ya los viejos se fueron a la tumba.
Una puerta de metal sin ventanas es el la entrada, mi carnet, el pasaporte para el micro y mi ticket para el ingreso. Después de dar los primeros pasos, De la Torre, sobre su estrella, contempla los rostros de profesores y alumnos que se dirigen hacia las aulas. Ahora levanto los ojos y compruebo que es una noche en vano, sin estrellas.
Ya ha transcurrido más de media hora sin que ningún maestro se manifieste y me invade cierto temor, pero no estoy furioso. Todo lo contrario, estoy bien. Tengo un semblante y noto que me siento espléndido, respirando todo ese cielo que no se puede ver, viendo todos esos rostros a mi alrededor, ansiosos de salir a fumar, bailar, jironear, beber, etc, qué más da, es viernes.
Un tipo alto, de lentes negros y cabello crespo, se paró delante de la clase y con un ademán, invitó a todos a retirarse. “El profesor me ha llamado, no va a venir, podéis ir en paz”, replicó mientras todos ya se encontraban fuera. Al salir de Villarreal observo que el panorama cambia abruptamente y se llenan de otros personajes -travestís y meretrices- que, con atrevimiento y lujuria, se colocan estratégicamente a la espera de algún nostálgico cliente. A esto se suma los nights club que abren sus puertas a esas horas hasta los primeros bríos del día siguiente.
A una cuadra de mi paradero junto a muchos locales nocturnos a lo largo de la avenida La Colmena “El laberinto” y “El Tabaris”, se encuentran a escasa distancia de la Universidad. Cada uno de ellos se llena de luces de neón azules y son promocionados por los conocidos "jaladores". Impresentables personajes que ofrecen a voces el show de "mujeres sensuales", de "charapitas golosas y ardientes", y todo al costo de un nuevo sol. "A un sol la barra, a un sol la barra", "Dos funciones por un sol, no te arrepentirás", vociferan.
Preciso como se dibujan lucecitas que avanzan despaciosas, saltarinas, me acomodo la camisa, me peino un poco para no dar mala impresión y siento que el hambre aprieta. Consulto la noche de una ojeada. Se consuma el albur de todas las noches cuando dispongo partir, pues soy un fugitivo típico, un descarado nocturno, tal vez descubra algún día que nada importa un carajo y, sé que todo pierde su encanto cuando sucede. Línea 38 hacia mi casa, me espera media hora parado en este autobús. (Michael Machacuay Baquerizo).
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